El estrés es la interacción de los agentes estresantes y nuestra capacidad de adaptación y respuesta. Los acontecimientos inesperados, sean positivos o negativos, generan inestabilidad en nuestra vida. Además nuestra reacción determina el efecto final de tales retos. Solemos pensar que el estrés es principalmente lo que nos sucedes desde el exterior. Por ejemplo cierran la empresa donde trabajamos y nos quedamos en paro o un accidente nos obliga guardar cama durante un largo periodo de tiempo.
Pero en realidad lo que determina la tensión y ansiedad no es el suceso negativo, sino nuestra propia evaluación de lo ocurrido. Por ejemplo la pérdida del empleo puede causar tristeza, ansiedad y rabia en una persona mientras que otro puede considerar el suceso como una oportunidad para buscar un empleado mejor.
Para mejor entender este fenómeno veamos un principio que suelo llamar APRE. Cada vez que te enfrentas con una demanda que amenaza tu calma y serenidad y que requiere un esfuerzo de tu parte para adaptarte a la nueva situación puedes recordarte de las siglas A.P.R.E. Es fácil de recordar porque viene de la palabra “apremio” sinónimo de estrés. Las últimas dos letras “mío” nos enfatiza nuestro rol en este proceso. Al fin al cabo el estrés de mi vida es “mío”. Veamos las siglas:
Acontecimiento
Percepción
Respuesta
Efecto
El acontecimiento es el estimulo o la demanda que se te presenta. Cualquier situación que por su intensidad o frecuencia se convierte en algo extraordinario y sale de los límites de tu adaptación. La percepción está basada en tu actitud, creencias y expectativas, las cuales determinan tu interpretación del acontecimiento. La respuesta es lo que haces para defender y proteger tu integridad. El efecto es el resultado final de todo este proceso. Dado que nuestros filtros perceptuales son inconscientes, sólo vemos el acontecimiento como el causante del efecto.
Tomemos el ejemplo de la pérdida de empleo para ilustrar el principio de APRE. Ser despedido es el acontecimiento. Ahora llega la parte crucial, la percepción que determina el significado que otorgas al suceso. Podrás pensar: “Soy un fracaso. Me han echado del trabajo porque no era bueno.¡ Que mala suerte!” Tras esta evaluación negativa alteras tu postura, tu respiración y expresión facial que refleja el estado de desesperación, culpa y depresión. Por tanto ante el acontecimiento (perdida de trabajo) utilizas tu percepción (creencias y expectativas) para darle significado y al etiquetarlo negativamente, cambias tu cuerpo (respuesta) de tal manera que sientes depresión (efecto).
Cuando examinamos detenidamente el proceso APRE nos damos cuenta que la clave es nuestra percepción de los sucesos. Poco podemos hacer con los acontecimientos porque la mayoría ocurren sin que podamos ejercer algún control sobre ellos. Una percepción distorsionada de nuestras capacidades y virtudes hace que evaluemos negativamente el estrés. Pero una autoestima sana ayuda a percibir los sucesos malos como un cambio brusco que podría albergar un incentivo para nuestro desarrollo personal. Por ejemplo una persona optimista podría evaluar quedarse en paro de una manera positiva y pensar, “La empresa está atravesando dificultad y no han valorado my rol en ella. Esto medará una oportunidad a encontrar algo mejor.” El efecto de este optimismo suele ser mejor adaptación a la dificultad.
Tenemos concienciarnos que la mayoría de los sucesos estresantes en sí mismos son neutros. Nuestra interpretación otorga el significado emocional. Cómo dijo “No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano que lo hace aparecer así.” La siguiente historia ilustra que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno:
Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que vivía con su hijo. Sólo tenían un caballo para trabajar la tierra. Un día su hijo le dijo:
- "Padre, qué desgracia, se nos ha ido el caballo".
Su padre respondió:
- "Veremos lo que trae el tiempo...".
A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo. Unos días después, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se rompió una pierna.
- "Padre, qué desgracia, me he roto la pierna".
Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:
- "Veamos lo que trae el tiempo...".
El muchacho se lamentaba. Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Fueron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.
Principios y Técnicas para Transformar el Estrés en Fuerza Positiva
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sábado, 18 de septiembre de 2010
Estrés es ni Bueno ni Malo
Estrés es un estado de ánimo que afecta nuestro cuerpo. En general cuando vivimos una situación difícil nuestro organismo reacciona siguiendo un instinto básico. Por ejemplo la respiración y los músculos ya no están relajados. Por tanto asociamos los acontecimientos desagradables con la reacción del estrés. Pero el cuerpo humano responde de la misma manera ante los sucesos agradables y desagradables. Una de las curiosidades del estrés es que si nos dan un beso apasionado o una bofetada, el cuerpo reacciona de la misma forma. El cerebro procesa cualquier cambio, sea positivo o negativo, siguiendo un protocolo predeterminado.
Lo curioso es que lo que puede ser estresante para uno es un estimula placentero para otro. Por ejemplo hay personas que temen a las alturas y cada vez que mira hacia abajo desde una altura elevada sienten mareo y se flaquean las piernas. Sin embargo, muchos pagan para tirarse al vacio sea en la práctica de puenting o paracaidismo. Esto demuestra que los acontecimientos por si no son causantes del sufrimiento, sino nuestra propia interpretación de los eventos.
Repasamos el proceso fisiológico del estrés. Nuestro organismo está “programado” para protegerse y asegurar su supervivencia. Ante cualquier amenaza este mecanismo se activa en una fracción de segundo inhibiendo el riego sanguíneo al cerebro y a la digestión, y además inhibe monetariamente el trabajo del sistema inmunológico. La razón por estas alteraciones es ahorrar la energía y dirigirla a luchar la amenaza o huir de ella.
Durante miles de años este mecanismo primitivo se ha quedad sin alterar. La reacción del estrés como un instinto básico nos ayuda en situaciones límites, como solían vivir nuestros antepasados en un hábitat salvaje e peligroso. Pero hoy en día no existen situaciones límites que requieran una reacción fuerte como luchar contra una bestia salvaje o huir de ella. En nuestras sociedades modernas tenemos que afrontar desafíos diferentes que no son realmente cuestión de vida o muerte.
El instinto básico del estrés para proteger nuestra integridad física nos puede generar graves problemas. Por ejemplo has estado de excursión con tu familia. El fin de semana ha sido soleado y tranquilo. Estas en el coche de regreso a casa. A medida que te acercas a tu ciudad el trafico se densa cada vez mas. Como buen conductor dejas pasar a otros coches, pero varios se aprovechan de tu cortesía y te cortan el camino bruscamente. Gradualmente tu serenidad se desvanece y algo se altera en ti: tu respiración se acelera, tus músculos se tensan, el corazón galopea como un caballo salvaje y sube tu tensión arterial.
Unos conductores incórdiales no suponen un peligro para nuestro organismo. Pero el cerebro (nuestra percepción) reacciona como si fuesen bestias salvajes que quieren devorarnos. Nuestras alternativas, según el instinto básico de supervivencia, es luchar o huir. Pero en un atasco no solemos correr detrás del coche del conductor que nos ha incordiado para empezar una pelea. Ni siquiera podemos dejar el coche e huir del atasco. Estamos obligados a quedarnos allí sentados. El problema es que el cuerpo se ha activado con una carga de energía para un “combate”.
Si no desgastamos esa carga el cuerpo sufre. El cuerpo puede soportar las alteraciones durante un breve periodo. Pero si no llega suficiente sangre al cerebro, al sistema digestivo y al inmunitario padecemos problemas de salud como migrañas, mareaos, indigestión, estreñimiento, catarros frecuentes y dolores musculares.
Lo que hace que el estrés sea bueno o malo depende principalmente de un factor: nuestra percepción. Nuestra actitud, personalidad, expectativas y creencias acerca de la realidad son filtros que definen nuestro estrés. Martin Seligman un investigador de la Universidad de Pennsylvania , dice que hay una diferencia marcada entre como afrontan la vida los optimistas y los pesimistas. La clave está en cómo nos interpretamos los acontecimientos estresantes. Los pesimistas consideran un suceso estresante como algo permanente, una falta de su persona y que afectará negativamente todas las facetas de su vida, mientras que ven los acontecimientos positivos como algo temporal que no les afectará mucho. Por tanto el estrés es ni bueno ni malo. Como dice William Shakespeare en Hamlet: "No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así."
Lo curioso es que lo que puede ser estresante para uno es un estimula placentero para otro. Por ejemplo hay personas que temen a las alturas y cada vez que mira hacia abajo desde una altura elevada sienten mareo y se flaquean las piernas. Sin embargo, muchos pagan para tirarse al vacio sea en la práctica de puenting o paracaidismo. Esto demuestra que los acontecimientos por si no son causantes del sufrimiento, sino nuestra propia interpretación de los eventos.
Repasamos el proceso fisiológico del estrés. Nuestro organismo está “programado” para protegerse y asegurar su supervivencia. Ante cualquier amenaza este mecanismo se activa en una fracción de segundo inhibiendo el riego sanguíneo al cerebro y a la digestión, y además inhibe monetariamente el trabajo del sistema inmunológico. La razón por estas alteraciones es ahorrar la energía y dirigirla a luchar la amenaza o huir de ella.
Durante miles de años este mecanismo primitivo se ha quedad sin alterar. La reacción del estrés como un instinto básico nos ayuda en situaciones límites, como solían vivir nuestros antepasados en un hábitat salvaje e peligroso. Pero hoy en día no existen situaciones límites que requieran una reacción fuerte como luchar contra una bestia salvaje o huir de ella. En nuestras sociedades modernas tenemos que afrontar desafíos diferentes que no son realmente cuestión de vida o muerte.
El instinto básico del estrés para proteger nuestra integridad física nos puede generar graves problemas. Por ejemplo has estado de excursión con tu familia. El fin de semana ha sido soleado y tranquilo. Estas en el coche de regreso a casa. A medida que te acercas a tu ciudad el trafico se densa cada vez mas. Como buen conductor dejas pasar a otros coches, pero varios se aprovechan de tu cortesía y te cortan el camino bruscamente. Gradualmente tu serenidad se desvanece y algo se altera en ti: tu respiración se acelera, tus músculos se tensan, el corazón galopea como un caballo salvaje y sube tu tensión arterial.
Unos conductores incórdiales no suponen un peligro para nuestro organismo. Pero el cerebro (nuestra percepción) reacciona como si fuesen bestias salvajes que quieren devorarnos. Nuestras alternativas, según el instinto básico de supervivencia, es luchar o huir. Pero en un atasco no solemos correr detrás del coche del conductor que nos ha incordiado para empezar una pelea. Ni siquiera podemos dejar el coche e huir del atasco. Estamos obligados a quedarnos allí sentados. El problema es que el cuerpo se ha activado con una carga de energía para un “combate”.
Si no desgastamos esa carga el cuerpo sufre. El cuerpo puede soportar las alteraciones durante un breve periodo. Pero si no llega suficiente sangre al cerebro, al sistema digestivo y al inmunitario padecemos problemas de salud como migrañas, mareaos, indigestión, estreñimiento, catarros frecuentes y dolores musculares.
Lo que hace que el estrés sea bueno o malo depende principalmente de un factor: nuestra percepción. Nuestra actitud, personalidad, expectativas y creencias acerca de la realidad son filtros que definen nuestro estrés. Martin Seligman un investigador de la Universidad de Pennsylvania , dice que hay una diferencia marcada entre como afrontan la vida los optimistas y los pesimistas. La clave está en cómo nos interpretamos los acontecimientos estresantes. Los pesimistas consideran un suceso estresante como algo permanente, una falta de su persona y que afectará negativamente todas las facetas de su vida, mientras que ven los acontecimientos positivos como algo temporal que no les afectará mucho. Por tanto el estrés es ni bueno ni malo. Como dice William Shakespeare en Hamlet: "No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así."
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